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Límites y obstáculos del proyecto

Los principales obstáculos se han derivado, como ya lo mencioné, del hecho de estar actuando en una artesanía doméstica, no organizada como oficio de taller y sin profesionales de la actividad. Esto significa que, desde la organización del bordado doméstico y atomizado, existen límites estructurales para la organización de un bordado de oficio y comercial, y que dichos límites han constituido los principales obstáculos para el avance del proyecto. Posteriormente nos referiremos a los obstáculos que se han derivado del equipo de trabajo y, finalmente, a los que se originan en el entorno social.

Límites estructurales de la producción doméstica

Los límites técnicos son los que se manifiestan de manera más evidente e inmediata. Ya mencionamos que, en el bordado campesino de autoconsumo, el concepto de perfección que maneja la cultura occidental y las clases altas de las sociedades, no tiene sentido. Por eso no existe la información sobre distintos tipos de agujas para diferentes fines (costura y bordado), tipos de bordados y tipos de telas, y se usa cualquier aguja para bordar. Tampoco se usan telas finas para la elaboración de los bordados y a las señoras no les importa si los dobladillos y costuras no quedan perfectos, ni si al coser se pasa el hilo sobre el bordado o si se usa hilo de un color diferente al inicial para terminar un bordado cuando el otro se acabó. Esto dificulta la capacitación orientada a mejorar calidad en bordados y acabados, porque las señoras no le encuentran el sentido. Sólo el enfrentamiento con el mercado y el rechazo en el mismo de sus piezas les permite ir tomando conciencia del sentido de la perfección. Aunque no compartan el punto de vista, sí comprenden que para vender hay que hacer las cosas “bien”, donde “bien” significa satisfacer el gusto del consumidor.

En este contexto, ejercer el control de calidad ha tenido sus tropiezos y hemos tenido que presionar a la reglamentación de descuentos al interior de los grupos productivos, para que las bordadoras aprendan a trabajar con la calidad que requieren los nuevos mercados. El control de calidad se dificulta también por las condiciones en que viven las bordadoras, ya que mantener limpia una prenda en proceso de bordado no es fácil cuando se vive en una casa con piso de tierra y rodeada de niños pequeños que amenazan la costura todo el tiempo con sus manitas sucias de tierra o de alguna fruta como la guaya, cuya mancha no se quita.

Los nuevos dibujos les gustan porque se derivan de la fauna y flora locales y porque se relacionan con los antiguos mayas, pero sí se les dificulta la distribución del bordado en las prendas modernas como blusas, vestidos y accesorios, sobre todo cuando las bordadoras son mujeres que siempre han usado las prendas tradicionales.

También les cuesta trabajo modificar un color que venga impreso en un dibujo, porque están acostumbradas a apegarse fielmente a la imagen que se copia. Como su bordado tradicional ha sido realista, se les dificulta manejar colores imaginarios.

La significación cultural es importante pues ha sido difícil que acepten bordar imágenes como la víbora o el diablo.

El gusto por ciertos colores y combinaciones, derivado de su tradición estética, choca frecuentemente con los colores que nosotros introducimos para dar gusto a los nuevos mercados, aunque entienden que distintas culturas tienen distintos gustos.

En la producción, el problema más fuerte con el que nos hemos enfrentado es el de la doble fragmentación del tiempo de bordado derivada de su división en diferentes casas de bordadoras cada una de las cuales tiene múltiples actividades domésticas. El resultado más evidente -ya lo hemos mencionado- es una auténtica pulverización del tiempo dedicado al bordado, que lo hace ineficiente, poco rendidor y muy costoso. Otro efecto de esta fragmentación es que invisibiliza al bordado como actividad productiva ante las mujeres, la familia y la comunidad. Es uno de los motivos por los que se lo concibe como actividad ociosa y sin valor. Organizar la producción para el mercado, desde esta organización tan dispersa y atomizada del tiempo del bordado, ha implicado una gran energía para el equipo de Tun Ben Kin, y ha dificultado la competitividad en los precios, que se refleja en bajos salarios.

La dispersión doméstica de las bordadoras también provoca una dispersión de los recursos productivos, porque hilos, telas y demás insumos se distribuyen en tantos hogares como bordadoras tengan los grupos. Organizar grupos con esta dispersión de recursos ha provocado mucho desperdicio de dinero y energía, tanto de los grupos como nuestro.

La dispersión tampoco favorece la autogestión ni la democracia, porque las bordadoras se encuentran separadas durante la producción. La dispersión doméstica favorece el centralismo de aquellas que cuentan con puntos a su favor para poder organizar la producción y la venta. Quienes saben leer, escribir, hacer cuentas, hablar español y tienen poder en sus hogares para salir y desplazarse (viudas, solteras, mujeres solas), son quienes pueden dirigir la producción y la organización.

Los grupos autogestivos lo son con limitaciones, porque en realidad quienes deciden y dirigen dichos grupos son las líderes que organizan la producción y la comercialización, y no el grupo. En este sentido, tampoco hay democracia moderna porque las mujeres dependen de las acciones que realizan las líderes, y aunque los grupos aprueben sus propuestas lo hacen bajo presión.

Esta autogestión y democracia tradicionales no ha favorecido la independencia productiva y comercial de los grupos con los que trabajamos. Para incorporar los nuevos procesos de trabajo hemos tenido nosotros mismos que asumir el liderazgo en lo productivo y en lo comercial. El reto ahora es socializar hacia los grupos lo que nosotros hemos aprendido al ejercer dicho liderazgo. Pero para que realmente sea una apropiación colectiva, tiene que ser organizada en un espacio común que es el taller.

En las sociedades tradicionales se reconoce la autoridad de las mujeres mayores. Nosotros hemos querido impulsar una autoridad derivada de la habilidad para la organización y de la habilidad para el trabajo, que puede o no coincidir con la edad de las mujeres, y nos ha costado mucho esfuerzo el reconocimiento a este criterio, pues es común que quienes reúnen las mejores cualidades no sean precisamente las de más edad.

Las dificultades para la comercialización no sólo se derivan de la dispersión en que producen las bordadoras, del analfabetismo, de la imposibilidad de desplazarse por los compromisos domésticos y de los frenos masculinos a dicho desplazamiento, sino también de las formas modernas de comercialización.

En este sentido, también las comerciantes tradicionales de las comunidades se encuentran en problemas. Las formas modernas de comerciar se realizan a través de pedidos utilizando teléfono, fax, correo electrónico, internet, páginas web, servicios de mensajería y paquetería, cuentas y depósitos bancarios, todos ellos elementos todavía ajenos al mundo en el que se mueven las comunidades tradicionales y cuya ausencia dificulta enormemente su actividad comercial.

Aunado a esto, la competencia actual es tal que la actividad comercial exige una dedicación de tiempo completo, que es la que permite la conquista de los mercados y el mantenimiento de lo conquistado. Todos estos factores, que son difíciles de dominar para cualquier grupo comercial de nuestra sociedad urbana, se vuelven más complejos de dominar para las campesinas tradicionales.

El sistema de género que opera en las sociedades campesinas tradicionales de nuestro país ha depositado en los varones las decisiones de la empresa familiar. Esto, que en el marco económico tradicional ha resultado funcional, se vuelve inoperante cuando la reproducción del sistema productivo tradicional se ve restringida por la falta de recursos naturales suficientes y empuja tanto a hombres como a mujeres a la búsqueda de ingresos monetarios. Tal es el caso de las bordadoras. El sistema genérico de dominio masculino resulta un freno para el buen funcionamiento de los grupos productivos de mujeres al hacerlos depender de los permisos de los esposos y resulta indispensable crear condiciones que permitan transformar la relación masculina dominante, favoreciendo la equidad en el hogar, en la producción y en la ideología de género.

Los límites que impone a los grupos de bordadoras el dominio masculino se traducen también como falta de compromiso grupal de las mujeres, que no asisten a los compromisos de grupo porque sus esposos no les dan permiso. Es lógico que el compromiso productivo más fuerte se dé en y con el hogar, cuando la empresa campesina ofrece la garantía de la reproducción a la familia. Pero cuando los ingresos que aportan los miembros de la familia provienen de su participación en otras empresas, el compromiso productivo que se adquiere con esas otras empresas deben asumirlo con claridad no sólo las productoras, sino también sus esposos y sus hijos e hijas. Si sus ingresos provienen del bordado es importante que aprendan a comprometerse con sus grupos de trabajo. Eso se llama profesionalismo y es algo que estamos tratando de construir entre las bordadoras, pues en el bordado de autoconsumo, disperso, no existe.

Los límites y obstáculos de Tun Ben Kin

Los límites del equipo de trabajo de Tun Ben Kin A.C. y de Maya Chuy se han derivado, en gran medida, de los aspectos que caracterizan la actividad del bordado en Yucatán, es decir: tratarse de una actividad en transición de la producción de autoconsumo a la de mercado, y de la ausencia de oficio y profesionalismo.

Al inicio de nuestro trabajo, la falta de claridad respecto de lo anterior, la inexperiencia y la ignorancia profunda respecto a la mecánica del campo en el que nos estábamos moviendo, favoreció una serie de creencias que se estrellaron contra la realidad.

La idea de que las bordadoras conformaban grupos autogestivos de acuerdo con nuestro concepto de autogestión, nos llevó a creer que bastaría con generar diseño y capacitar para cumplir con nuestros objetivos. Sin embargo, aunque muy pronto nos dimos cuenta que realmente no eran autogestivas, pasó bastante tiempo antes de que pudiéramos definir que la ausencia de oficio organizado en talleres, era lo que dificultaba su autogestión.

Desde la posición dispersa en la que ellas se encuentran no es posible la autogestión y, por lo mismo, no la entienden. Por eso, la parte organizativa de la producción y de la venta recayó inmediatamente sobre nuestras espaldas, constituyendo un peso enorme por la responsabilidad que implicaba.

El problema se complicó porque de pronto nosotros teníamos un compromiso productivo y comercial con ellas, sin tener la experiencia en ninguno de los dos campos y sin tener a quién acudir para informarnos, porque la experiencia de producir nuevo diseño en bordado de mano, con calidad y aplicado a nuevas piezas, desde una empresa social, no existía, al menos en Yucatán, y tuvimos que inventarla.

Aunque existen diseñadores industriales y diseñadores textiles, no existen diseños para bordado y en particular para punto de cruz, porque el dibujo, como ya lo dijimos, se forma de cruces y no se ha desarrollado tanto. Nosotros conseguimos un programa específico que nos ha permitido potenciar el dibujo y lo que es más importante, generar diseño regional.

Por otra parte, la aplicación del bordado a productos implica la presencia de un diseñador o de una diseñadora de ropa y no fue sino hasta hace un año que egresó la primera generación de diseñadores de ropa en Yucatán. Finalmente, la sola presencia de un diseñador no es suficiente, porque a las mujeres mayas se les hace difícil dominar el corte y la confección de prendas occidentales que no forman parte de su cultura y el aprendizaje de esta área es difícil. A veces teníamos la sensación de ir abriendo brecha en una selva sin camino, para poder avanzar con la misma lentitud que se avanza en la selva.

A esto hay que añadir que, como asociación civil pequeña, siempre hemos tenido escasez de recursos y personal, ante las necesidades crecientes del trabajo, lo cual nos ha obligado a realizar múltiples tareas a cada uno de nosotros, particularmente los primeros cinco años. Actualmente somos un equipo de ocho personas y aún así seguimos teniendo exceso de trabajo.

Tardamos seis años en tener completamente sistematizados los procesos productivos, que son de una complejidad considerable por los múltiples detalles que implica el manejo de múltiples productos, con dibujos diferentes, con colores distintos, algunos de ellos en tallas variadas. Antes de tal sistematización se desperdiciaba tiempo, recursos y dinero.

La sistematización de la capacitación técnica la dominamos en cinco años, pero recién ahora comenzamos a sistematizar la capacitación en procesos de producción, costeo y organización para la producción. La ausencia de una sistematización completa en la capacitación, también nos ha hecho perder tiempo, dinero y recursos y, sobre todo, nos ha obstaculizado la organización de un programa de capacitación bien estructurado.

La organización administrativa y contable, tanto de la asociación civil como de la comercializadora, pudimos dominarla hasta 1999. Esto es importante porque ahora también estamos en posibilidades de socializar hacia los grupos esta experiencia.

Actualmente estamos entrando de lleno a la comercialización porque aún no hemos dominado ese campo y, por supuesto, eso nos ha acarreado problemas permanentes que, aunados a todo lo anterior, nos han impedido alcanzar nuestro punto de equilibrio y hace que todavía arrastremos una pérdida mensual de $10,000.00. Sin embargo, en la actualidad estamos tomando una serie de medidas que esperamos nos permitan operar sin pérdidas en un plazo entre seis meses y un año.

Una limitante muy fuerte es que la dedicación que hemos tenido que otorgar a los aspectos técnicos (diseño, producción, administración, costeo, contabilidad), para dominar la actividad, nos ha impedido trabajar en aspectos relacionados con el grupo, la cultura, el género o la comunidad, que son importantes pero que son imposibles de desarrollar simultáneamente, por falta de tiempo de las bordadoras y de nosotros. En la medida que ellas dominen el oficio, será posible impulsar un crecimiento a otros niveles de manera más focalizada.

Los límites del entorno

Entre los límites que nos impone el entorno encontramos aspectos relacionados con los donantes, con la ideología relativa a las artesanías, los prejuicios hacia la comercialización y con los proveedores.

Con los donantes hay problemas diversos. Por un lado, las ideas en boga (desarrollo sustentable, agricultura orgánica, género, salud reproductiva), definidas globalmente y en abstracto, determinan las orientaciones que le exigen a los proyectos. Para conseguir los financiamientos hay que adaptar los proyectos para que sean aceptados y esto a veces implica desviarse de las tareas centrales. Por otro lado, muchas veces pretenden implantarse tales paradigmas sin un conocimiento profundo de la realidad de la población a quien se dirigen.

En nuestro caso, por ejemplo, ya hemos comentado en varias partes de esta exposición las fuertes limitantes estructurales que se presentan en los grupos de bordadoras para el ejercicio de la autogestión y de la democracia, al menos como las concebimos en nuestra sociedad. Sin embargo, los donantes presionan fuertemente para que los grupos sean autogestivos y democráticos de la noche a la mañana, sin comprender que para que se den esos fenómenos, tienen que darse transformaciones previas que son complejas y lentas. Asimismo, existen fuertes presiones para impulsar el empoderamiento femenino y la equidad genérica. Sin embargo, la desigualdad de género está tan fuertemente imbricada con múltiples procesos económicos, sociales, culturales e ideológicos, que removerla implica cambios en todos los niveles de la existencia y eso no es tan fácil ni tan rápido como quisieran algunos donantes. Ni siquiera en los medios académicos, a pesar de la independencia económica de las mujeres, de la educación y de la conciencia, se ha alcanzado la equidad deseada y/o el empoderamiento de las mujeres.

La ideología con relación a la artesanía étnica a veces es ambigua. Por una parte muchas personas están inconformes con el precio que los artesanos reciben por sus artículos considerando que están siendo sobreexplotados, sin embargo cuando se cobra más se quejan y dicen que los artículos son muy caros. Esta reacción de alguna manera está asociada a la idea -predominante en nuestra sociedad- de que lo indígena, por definición, no vale o vale poco; además a muchas personas les gusta sentirse generosas cuando ellas deciden pagar más por un artículo, pero se sienten despojadas si se les cobra más caro. Esta ambigüedad no favorece el establecimiento de precios justos para las artesanías étnicas.

También la ideología de los sectores críticos hacia la comercialización ha representado un problema para nosotros. Al asumir la responsabilidad por la comercialización de los grupos -mientras se crean las condiciones para que ellos puedan responsabilizarse de la misma- también tuvimos que asumir el costo que ha implicado dicha responsabilidad, ante la mirada de las ONG, donantes y críticos sociales.

Aunque se habla de comercio justo, lo primero que se piensa de algún grupo o institución que comercializa es que es un “coyote”, un explotador, un intermediario encubierto y con esos ojos nos miran cuando decimos que comercializamos. No pueden imaginarse que, por una parte, para los grupos de mujeres campesinas resulta difícil producir y vender al mismo tiempo, sin agregar las limitantes que imponen la lejanía en la que frecuentemente viven, sus múltiples tareas domésticas y el analfabetismo. Por otro lado, también es difícil creer que la comercialización se realice desde una empresa social y que, por lo tanto, no exista apropiación privada de la ganancia. Tampoco se pueden imaginar que pueda existir una ética comercial y que una comercializadora establezca tratos justos en donde todos ganen: los productores, el comercializador y el consumidor.

En cuanto a la eficiencia, resulta muy complicado satisfacer las expectativas de quienes pretenden que haya rentabilidad entre grupos de productores y productoras tradicionales de autoconsumo que recién inician actividades con una orientación comercial y que, además, conserven su organización productiva tradicional. Estos sectores acusan de “productivistas” a quienes estamos comprometidos en contribuir a la transformación de ciertos sectores de la economía familiar campesina para lograr eficiencia en la producción de artículos que están entrando al mercado para que los y las productoras no sean sobreexplotados.

Finalmente, un problema importante es el que se presenta permanentemente con nuestros proveedores. Producir con calidad en un país donde los empresarios no están acostumbrados a hacerlo es muy difícil. Frecuentemente nosotros tenemos que ejercer el control de calidad sobre los insumos del proceso de producción y es común tener problemas en los tiempos de entrega de mercancías.

Los límites y las ventajas de la aguja de bordar

Antes de revisar cuales son los retos que enfrentamos actualmente, quisiera plantear los límites y ventajas que presenta el bordado de mano, considerando que su base técnica es una aguja de coser tan antigua como el hombre mismo.

Rebasar el límite de la aguja es imposible, a riesgo de traicionar la naturaleza misma del bordado de mano, lo cual plantea serios problemas porque la pregunta es ¿cómo favorecer la entrada digna y eficiente al nuevo milenio del bordado de mano, basado, como está, en una aguja prehistórica?

Nuestra respuesta, después de la experiencia de sistematización de los procesos de trabajo, es que la manera de hacer competitivo el bordado de mano se logra supliendo los límites técnicos con organización.

La organización colectiva del trabajo en espacios igualmente colectivos, es la única forma de concentrar los recursos humanos y materiales ahora dispersos, de concentrar el tiempo de trabajo, ahora fragmentado, y de lograr que el bordado de mano, a pesar de la limitante técnica que tiene, pueda ser competitivo y capaz de ofrecer ingresos dignos a quienes lo confeccionan.

Las ventajas de una actividad con una limitante tan drástica en lo técnico es que su crecimiento implica, necesariamente, el crecimiento del sector que la práctica, pues aunque se logre potenciar la productividad actual de las bordadoras a través de la organización, es evidente que ésta tiene un límite y la única forma de crecer es que cada vez haya más bordadoras.

En un mundo en el que uno de los problemas más fuertes es el desempleo que generan las empresas cuyo crecimiento se basa en tecnificación de los procesos productivos, nadie puede negar que una actividad que crece sobre la base de generar empleos, posee una virtud social. La otra ventaja es que, lógicamente, a ningún empresario interesado en el enriquecimiento personal le va a interesar invertir en una empresa que tiene que crecer mediante la generación de muchos empleos, por ello el futuro del bordado de mano está en manos -y valga la redundancia- de empresas sociales.

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