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Nuevas identidades y dinámica de los roles genéricos asociadas al surgimiento y desarrollo del bordado comercial

Lo anterior nos da una idea de las diversas situaciones desarrolladas a partir de la creciente transformación del bordado de autoconsumo en bordado comercial. Pero las modificaciones en los roles de género no se expresan en forma tan variada y, aparentemente, en este terreno se observan dos diferencias básicas: las mujeres líderes que forman parte de los comités directivos y las mujeres de los grupos.

Concuerdo con Rejón en que sólo las bordadoras que forman parte de los comités de los grupos organizados están cambiando su rol genérico de manera perceptible, aunque lenta. Esto se debe a que son ellas las que salen de sus comunidades para realizar gestiones, comprar materias primas y vender, actividades antes monopolizadas por los varones.

Las otras mujeres de los grupos no salen y eso las limita, pero aun así deben reorganizar sus actividades por su compromiso con los grupos, lo cual ha impactado lentamente el orden genérico tradicional en los hogares. Las mujeres que no forman parte de un grupo y para quienes el bordar para vender se concreta en un ingreso, no reflejan ningún cambio en su rol tradicional. En este aspecto se coincide con Rejón (1998) y Ramírez (1998) en sus observaciones de que ingresar dinero no basta por sí mismo para modificar el rol de género de las mujeres porque, frecuentemente, las relaciones de poder al interior de la familia no cambian.

Sin embargo, el hecho de trabajar por un ingreso provoca la reorganización genérica en muchos hogares. Los roles de hombres y mujeres se están modificando porque las mujeres aprenden que otros miembros de la familia -incluyendo a los varones- pueden cuidar a sus hijos y los hombres aprenden lo mismo desde la otra posición (Pacheco y Lugo, 1995). Esto es particularmente cierto para las mujeres que participan en organizaciones por el tipo de compromisos y responsabilidades que imponen los grupos.

Según se aprecia, este cambio de funciones sólo se da entre las mujeres casadas, pues las viudas, solteras y separadas son vistas por la comunidad, en cierta manera, como hombres, porque al estar “solas” tienen que cubrir los roles masculinos y por eso pueden transgredir su rol sin ser sancionadas (Rejón, 1998).

La reorganización de los roles genéricos se ve marcada no sólo por la incorporación de la mujer al mercado, sino porque su papel en los hogares, particularmente en la zona henequenera, se ha vuelto central, debido a que están asumiendo la responsabilidad del hogar ante el fuerte alcoholismo que aqueja a los hombres de la región, que deriva en una creciente irresponsabilidad familiar.

El planteamiento de Luis Ramírez (1998) de que los ingresos de las mujeres están reforzando la autoridad materna y el poder que la mujer maya yucateca ha tenido en el hogar, pueden ser ciertos. Quizás los cambios recientes están colaborando a que el poder doméstico, que tradicionalmente han ejercido las mujeres “por debajo del agua”, se manifieste con toda claridad en la medida en que la mujer tiene ingresos propios.

Producción extensiva del bordado tradicional

Las prendas bordadas, tradicionalmente para autoconsumo, se han realizado comúnmente en el marco del hogar, lo cual deriva en una producción atomizada que se acentúa porque no se borda en tiempos concentrados sino fragmentados. Las mujeres bordan cuando sus quehaceres domésticos lo permiten.

La edad, el tamaño y la composición de la familia influyen mucho en el tiempo que se dedica al bordado. Las familias jóvenes con hijos menores no favorecen la actividad. Las familias maduras disponen de mayor tiempo para el bordado. Una familia con muchos hijos pero con hijas mayores, permite darle tiempo al bordado. Las familias con más mujeres que hombres son más favorables, porque se cuenta con mayor apoyo en las labores domésticas. Las muchachas jóvenes y solteras pueden dedicarle más tiempo al bordado que cuando se casan y tienen sus hijos. Las viudas también tienen más tiempo para bordar que otras mujeres.

Como el bordado se realiza a ratos es difícil cuantificar el tiempo que se lleva hacerlo. Cuando se les pregunta cuánto tiempo les llevó hacer un hipil las bordadoras generalmente hablan de “días”, “semanas” y hasta “meses”; pero se sobrentiende que no se dedican todo el día a bordar. Finalmente, muchas dicen que le dedican dos horas pero intercaladas con sus labores domésticas.

Las interrupciones obstaculizan la homogeneidad y la velocidad por lo que, desde la lógica del mercado, resulta un tiempo “improductivo”. Este ritmo, sin embargo, esta perfectamente adaptado a las necesidades de autoconsumo que rigen al sistema milpero tradicional.

También el marco doméstico influye en que el bordado frecuentemente no esté limpio o bien presentado, ya que los niños pequeños lo tocan con sus manitas sucias o si se cae generalmente va a dar a un piso de tierra. A veces, cuando las mujeres tienden la ropa, sobre el bordado caen hojas o se paran insectos y lo manchan.

En el marco de la cultura tradicional la “perfección” no tiene significado. A las bordadoras no les importa si se acaba el hilo de un color y le ponen de otro para poder terminar la costura; o si un cuello no cuadra bien y queda chueco, si las puntadas son disparejas, si en los remates se hacen nudos, si se pintó la tela con pluma y no se cubrió bien al bordarla, si al hacer un dobladillo se pasa el hilo sobre el bordado o si no se “pican” bien los arcos de los hipiles. Asimismo, cuando comienzan a producir prendas para vender, no importa si éstas son de distinto tamaño aunque constituyan un juego. El concepto de “calidad” de la sociedad occidental no se aplica en el marco tradicional.

En este contexto la puntualidad no tiene valor ya que el bordado está sujeto a múltiples contingencias. Si una bordadora se compromete a realizar una prenda es posible que no la entregue a tiempo porque se enfermó, porque llevó a su niño al doctor, porque su esposo llegó de Cancún y tuvo que atenderlo, porque comenzó la fiesta del pueblo o por otras cosas que, lógicamente, tienen para ella prioridad sobre el bordado. Éste representa sólo la posibilidad de un ingreso que, ante la presencia de otras opciones, se pone en segundo, tercero o último plano.

El volumen de producción bajo estas condiciones es muy bajo desde la óptica comercial externa. El bordado ocupa un lugar entre otras múltiples ocupaciones de la bordadora -tortear, hacer comida, bañar niños, preparar el nixtamal, ir al molino, barrer, atender al esposo, atender los animales y los sembrados, ir a juntas escolares, etcétera- por lo que es difícil elaborar numerosas prendas.

Si bien esta producción artesanal carece de las cualidades que exigen los mercados modernos (calidad, puntualidad, volumen y eficiencia), el poco dinero que obtienen las mujeres por la venta eventual de bordado resulta suficiente para cubrir las pocas necesidades de dinero que la reproducción de la familia requiere dentro de una economía campesina no depauperada.

En este punto es necesario tomar conciencia de que, así como ni la puntualidad, ni la perfección en el trabajo tienen valor, tampoco lo tiene la mano de obra. Al realizar las cuentas con las mujeres que bordan es frecuente que sólo recuperen el valor de la materia prima y cabe preguntarse ¿para qué producen, entonces, si no recuperan el valor de su trabajo?

La elaboración de prendas bordadas que no son para el autoconsumo se realiza con fines de ahorro. A veces se mata y se vende un puerco porque ya no conviene mantenerlo o se venden hortalizas porque ya es tiempo de cosecha, pero no se quiere gastar el dinero. En este caso es frecuente invertirlo en la compra de tela e hilo para elaborar un hipil que, por su naturaleza imperecedera, puede conservarse hasta que se necesite el efectivo. Cuando se vende lo que importa es recuperar el dinero que se invirtió, que se ahorró, para esta finalidad. En este contexto no es necesario recuperar la mano de obra, lo que importa es reponer el dinero invertido como si se guardara en una alcancía.

A este tipo de bordado se le llama bordado extensivo evaluándolo desde la perspectiva del mercado. Se produce en un marco familiar atomizado en tiempos fragmentados y prolongados con una producción baja y costosa. Este concepto puede extenderse a la producción artesanal en general.

El bordado tradicional, evaluado desde la lógica milpera de autoconsumo en la que centenariamente se ha realizado, no tiene por qué considerarse “costoso” pues cumple su función con creces. Sin embargo, es importante valorarlo desde la óptica comercial, pues ahora las bordadoras compiten en los mercados modernos y es indispensable localizar las limitantes de su producción para resolverlas sin violentar la producción familiar y diversa que tanta fortaleza les ha dado a través de los siglos. También es importante reconocer que si las bordadoras no aprenden a producir apegadas a las reglas de los mercados modernos su destino será, ineludiblemente, la sobreexplotación de su trabajo. Por eso es tan importante que el impulso de la actividad se dirija a su conformación como oficio.

El bordado tradicional se ha trasmitido de generación en generación, de madres a hijas, porque todas las mujeres requieren vestirse y se hacen su ropa bordada, y a ello se debe que el bordado esté difundido en todo Yucatán. Desgraciadamente no existen censos artesanales, pero si se calcula la presencia de al menos 100 bordadoras por municipio -lo cual es un número conservador conociendo la realidad de muchos municipios- tendríamos más de 10,000 en los 106 municipios existentes.

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